Un modelo ya mítico

Los coches descapotables siempre se han caracterizado por ser muy exclusivos y estar destinados a un público muy específico. Si encima se trata de versiones biplaza con una deportividad acentuada, esta exclusividad se multiplica por tres.

Por eso, cuando Mazda presentó la primera generación del MX-5 en el Salón del Automóvil de Chicago de 1989, rápidamente tuvo una gran acogida ya que permitía disfrutar de un biplaza descapotable por un precio mucho más asequible que la mayoría de modelos similares que existían en el mercado.

Han pasado 20 años desde aquello y a lo largo de este tiempo, el MX-5 ha conseguido mantener completamente intacto ese espíritu y, aún hoy sigue siendo una referencia dentro del mercado de los roadsters ya que cuenta con un público muy fiel que ha conseguido que este modelo siga siendo todo un éxito.

La unidad que hemos probado es la versión con capota dura abatible que presenta los últimos cambios estéticos que ha incorporado al iniciarse el año y que vienen a estilizar su aspecto además de asemejarse más al resto de la gama de la marca japonesa.

En la zona delantera se encuentra una gran boca de entrada de aire muy parecida a la que llevan todos los últimos modelos de Mazda. A ambos lados, los faros antiniebla, insertados dentro de unos elementos de forma triangular. En la zona superior las ópticas de los faros, con un diseño muy moderno y un cristal transparente que permite ver el interior de éstos.

Su perfil destaca por su baja altura (1255 milímetros), sus marcados pasos de rueda y sus llantas de 17 pulgadas con un diseño muy deportivo que acentúa el atractivo general de este biplaza.

La zaga mantiene los genes de las versiones anteriores de este modelo pero con un aspecto actual y una apariencia muy deportiva que se ve acentuada sobre todo por las salidas de escape cromadas que sobresalen (una a cada lado) de la zona baja del parachoques.

Con esta última generación del MX-5 presentada en 2005, Mazda supo crear una versión muy moderna y llamativa que mantuviera el ADN de los dos modelos anteriores y, además, ahora también incorporase la capota dura retráctil. Con todo esto, los seguidores de este roadster quedaron más que satisfechos.

Habitáculo

El interior del MX-5 es exactamente lo que uno espera de un vehículo de estas características ya que es extremadamente bajito y te permite llevar las piernas muy estiradas, el culo muy cerca del suelo, el volante completamente vertical y el tren trasero pegado a tu espalda.

Por el contrario, estas características van reñidas con la comodidad para entrar y salir del habitáculo o con el agotamiento físico que supone llevar esta postura de conducción después de muchos kilómetros.

El volante es cómodo y, aunque no es especialmente deportivo, resulta bastante ergonómico. En la unidad probada, al llevar una caja de cambios automática, cuenta con unas levas para subir y bajar marchas sin tener que soltar las manos del volante.

El cuadro de mandos y el resto de la consola central es bastante sencilla y no resulta difícil aprender el manejo de todos sus botones en poco tiempo. Como material predominante encontramos el plástico intercalado, en algunas zonas de apoyo de los brazos, con elementos blandos más agradables al tacto.

Los asientos de la unidad probada son de la marca Recaro y resultan muy cómodos además de proporcionar un gran agarre en todo momento.

El espacio para el maletero, como buen roadster, es bastante escaso y más aún en esta versión con capota dura. De esta forma, la capacidad disponible alcanza los 150 litros de carga máxima. De todas formas, los espacios portaobjetos del habitáculo son numerosos y permiten transportar multitud de pequeños objetos.

Motor

Bajo el capó de este Mazda MX-5 se encuentra un propulsor de dos litros de gasolina que desarrolla una potencia de 160 caballos y está relacionado a una caja de cambios automática de seis velocidades.

El par máximo de este motor se alcanza a las 5.000 revoluciones por minuto y, desde la versión modificada de 2009, la potencia máxima se genera a 7.000 rpm (300 más que antes) y el límite de revoluciones se sitúa en 7.500 (500 más que antes). Esto se ha hecho así para que las sensaciones de conducción resulten aún más gratificantes.

Por otro lado, este motor acompañado de la caja de cambios automática acelera de cero a cien en 8,9 segundos (7,9 con el cambio manual) y alcanza una velocidad máxima de 194 kilómetros hora (218 km/h con el cambio manual).

En cuanto a consumos, este propulsor no es demasiado ‘gastón’ pero tampoco es un prodigio en ahorro. Según la marca, el consumo combinado se sitúa en 7,9 litros a los cien pero, lo cierto es que durante la prueba no conseguí bajar de los 8,5 litros realizando una conducción completamente ahorradora.

En un uso normal, mis consumos rondaban los diez litros, teniendo en cuenta que mi ritmo podría calificarse de ‘alegre’ si lo comparo con el del resto de los vehículos.

Sin embargo, en tramos en los que fui pisando contundentemente el acelerador, las cifras subieron estrepitosamente para situarse por encima de los 13 litros a los cien.

En general, el funcionamiento de este propulsor es realmente bueno ya que te permite moverte con muchísima agilidad ya sea por ciudades o por carreteras. Además, el sonido que llega al habitáculo resulta bastante discreto cuando circulamos a un ritmo bajo de vueltas pero, por encima de las 3.500 vueltas, la cosa cambia y el rugido del dos litros provoca que te introduzcas poco a poco en el papel mientras tu cuerpo se va animando a sacarle el máximo partido a este pequeño Mazda.

Comportamiento

El aspecto exterior del Mazda MX-5 y la sensación que transmite el hecho de ir prácticamente tumbado en el asiento ya resulta más que suficiente para que este coche sea realmente atractivo.

Si, además, a esto le unimos unas cualidades dinámicas únicas que resultan difíciles de encontrar en otro tipo de vehículos, mejor que mejor.

Seguramente ésta última es una de las facultades por las cuáles el Mazda MX-5 ha sido, y es, uno de los roadsters de más éxito, ya que la diversión que produce no resulta comparable a la que producen la mayoría de coches del mercado.

Esto se debe fundamentalmente a que su tracción es trasera y, el hecho de ir tan bajo y con la espalda tan atrás, transmite unas sensaciones similares a las que produce un kart.

En la unidad probada, al llevar una caja de cambios automática, las impresiones son más leves que con el cambio manual ya que no te permite realizar unos cambios tan rápidos como se pueden llegar a hacer con el manual y, además, al no contar con un embrague para descolocar con facilidad el tren trasero, la ‘gracia’ de otras versiones del MX-5 la pierde un poco.

De todas formas, a pesar de eso, sigue siendo una delicia realizar un tramo de montaña con este Mazda, ya que su pequeño tamaño le permite enlazar curvas cerradas con cierta facilidad y la capacidad de aceleración de su propulsor de 160 caballos resulta más que suficiente para pasarlo realmente bien.